Oslo, la paz y la violencia

No somos tan diferentes como creemos, hay algo que nos une, que no necesita idioma ni requiere jetlag, que como humanidad anhelamos y como artistas traducimos.

Ese día todavía sentía las consecuencias de la media maratón de Gothemburg, la Göteborgsvarvet 2024 en mis pies, pero Oslo no daba espera, afortunadamente es una ciudad que te hace fácil llegar a cualquier lado, atravesarla en minutos por tram, caminarla entre parques, disfrutar sus calles, no sientes que estás en una urbe caótica y abrumadora.

Oslo es tranquila, urbana y placentera, contemporánea, silenciosa, calmada. Cuando viajo mis visitas suelen ser museos, bibliotecas y cafés, esos tres suman mi mayor inversión de tiempo, las bibliotecas fueron mi mayor refugio en este viaje: son amigables, tienen internet, calorcito, cojines, te encuentras con más personas, puedes leer u hojear algo y descansar plácidamente. A la niña aplicada que vive en mi le encanta sentirse entre libros y personas estudiando o haciendo. En estos países aproveché y en sus bibliotecas trabajé, dormí, comí, descansé, me refugié del frío, escribí, practique idiomas, eran mi sitio seguro en cualquier ciudad o pueblito, incluso en la sobrevalorada y fea Amsterdam, pero bueno, esta entrada es sobre el norte, volvamos a Oslo.

Esa tarde entré al museo Nacional, Nasjonalmuseet y buscando la sala de los Rothko que me picaban el ojo en el mapa del museo, me encontré al final de una escalera un cartel gigante y mis ojos, algo afectados por mis labores no diferencian a la distancia claramente, pero les pareció que ello era bordado, había una textura textil. Subí, ya cansadita y entré a la exposición, fue y será una de las mejores experiencias que me encontraría en el viaje: una retrospectiva, recién montada y justo ese día habia conversatorio entre la curadora y la artista: Britta Marakatt-Labba de quien no sabia nada pero a quien no olvidaría, a quien afortunadamente con mi poco sueco pude entender un poco.

Su obra, su trabajo, tocó mi corazón y entendí que siempre se está donde se debe estar, que las coincidencias no existen, que aunque haya un mar en medio, un idioma diferente, aunque yo tenga solecito todo el año y ella sepa más de andar en la nieve, hay algo que como humanos y como mundo nos une: el sentir, el reflexionar sobre las injusticias y como artistas el amor a los hilos, el ser creativo, la urgencia que se siente de hacer con las manos, eso no necesita traducción ni huso horario.

Britta hizo parte de las manifestaciones que se dieron a finales de los años 1970 contra la hidroeléctrica que se esperaba construir y finalmente se terminó en el río Alta-Kautokeino en Finnmark, al norte de Noruega, su trabajo habla de las violencias contra el pueblo Sami, la población indígena de Noruega y Suecia y de su lucha por salvaguardar el patrimonio ambiental y cultural, hasta aquí ¿no les suena todo muy familiar? Fácilmente podríamos estar hablando de Hidroituango y todos los abusos que nuestra población indígena ha sufrido por años, no estamos tan lejos, no nos distancia a la final gran cosa, en cambio y de manera lamentable esta clase de abuso del poder nos acerca, nos hace ver en el otro lo que nuestro pueblo también ha sufrido; claro, no hablemos de proporciones y cifras en desapariciones o muertes, lo que interesa aquí, creo yo, es como siendo tan diferentes en varios aspectos, al mismo tiempo somos iguales, como esta violencia nos une.

Decidí hablar hoy de esta exposición porque se ha conmemorado el 20 de Julio 2025 y me parecía una fecha significativa para citar la obra de Britta y compararla con el trabajo de las arpilleras de Chile durante el régimen dictatorial de Augusto Pinochet. Cuando comencé a recorrer la exposición de Britta y entre más avanzaba me fue difícil no encontrar una similitud con el trabajo textil de las arpilleras, retazo sobre retazo, unido con hilo, contando también una violencia traducida por el dibujo, es fascinante ver como el gesto puede ser más barroco en el sur, somero en el norte pero la intención es la misma: declarar una atrocidad, volverla bella al ojo y fácil al gusto para ser digerida por la indiferencia.

Son trabajos realmente importantes, creados en un espacio personal como el de Britta o en colectivo como el de las mujeres chilenas, ellos dan cuenta de una situación crucial para la historia de cada territorio, para la construcción social y política de un país, eso es lo que el arte hace, creo yo, muestra lo que las palabras no alcanzan a contar: es testimonio, archivo, imagen de un sentir personal y colectivo.

¿Cuál podría ser, hoy en día, un florero de Llorente para comenzar una revolución ante tanto caos, tanta desidia? ¿De quienes o de qué, en este momento de nuestra historia deseamos liberarnos? Puede ser una revolución interior, es más, creo firmemente que la revolución debe ser, en primer lugar, interior, si no cambiamos, nada cambia, si nuestro sentir, por ejemplo, se torna indiferente viendo el trabajo de Johanna Calle y normaliza lo que ella retrata en cada uno de sus trabajos seria una alerta a la cual prestar atención. La obra de Johanna no es meramente textil, difiere en soportes como en técnicas, pero es, otra vez en su mayoría, y como no me canso de decirlo: un gesto repetido. Una vez más una mano juiciosa y adiestrada traduce un problema social en una imagen, como Britta, como las arpilleras.

En 2016 comencé un trabajo que como muchos no terminé y quedaría archivado, tenia que ver con las intervenciones ante la CIDH – Comisión Interamericana de Derechos Humanos – he transcrito intervenciones de ocho países denunciando violaciones a sus derechos humanos en pro de extraer el territorio. Comencé por el de Hidroituango y la intervención de Isabel Cristina Zuleta de 2014, en la pieza textil que estaba desarrollando quería dar cuenta de los barequeros del río Cauca y la comunidad Jaidukama, de los más afectados por este proyecto extractivista y aunque esto no llegaría a término para mi fue importante escuchar y reconocer la violencia a la que están sometidas estas poblaciones, estas personas que hacen lo que muchos no estamos dispuestos o ignoramos: defender el territorio y los recursos naturales que nos pertenecen a todos.

Por otro lado encontré la exposición de Hidroituango que curó Santiago Rueda, al parecer en el 2019 y que reúne a varios artistas reflexionando frente la situación que Hidroituango ha generado en el territorio, me alegra encontrar estos espacios curatoriales que proponen el dialogo frente a estas situaciones; a veces me pregunto, ¿qué se yo, desde mi burbuja capitalina, de esta situación?, ¿de qué me siento en potestad de hablar cuando, en realidad, ninguna de estas violencias me ha afectado personalmente? entonces creo que precisamente el arte también hace eso: acerca realidades.

En Oslo se celebra el premio Nobel de Paz y se encuentra allí el museo que le hace referencia, visitarlo es recorrer el grito desesperado que pedimos como humanidad: PAZ, JUSTICIA, PERDÓN y AMOR. Visitarlo es también hacerse las preguntas obligatorias y necesarias: ¿Brindo yo paz?, ¿me doy paz?, ¿qué en mi vida me brinda paz y sosiego? ¿soy una persona pacífica? Solo sé que lo que hago me da más paz que cualquier otra cosa, que el momento conmigo misma frente a una máquina de coser, a un tela templada en bastidor o unas agujas entrelazadas con hilos listas para tejer me brinda un sosiego mental que solo me brinda el ejercicio y ahora me doy cuenta que probablemente no hay mejor terapia para canalizar violencia, maltrato, des-humanización que el mismo textil, que las fibras bordadas, que el arte en cualquiera de sus definiciones, razón que da sentido a la exposición llamada Remendar el alma en el Museo Casa de la Memoria en Medellin, desde hoy hasta el 30 de Septiembre 2025

“busca visibilizar los relatos de reparación frente a violencias de género, sexuales o del conflicto armado que han padecido 70 mujeres que integran grupos de tejido, bordado y costura, programas que son ofertados como espacios abiertos dentro de este lugar.”

Esta entrada es también una invitación para quienes les es posible visitar esta exposición o cualquiera que permita enfrentarse a las reflexiones, testimonios, violencias devenidas en labor artesanal, a telas canalizadas y tratadas en lagrimas y recuerdos amargos pero que son urgentes de conocer, visitar y aprehender, tal vez así, enfrentándonos a nuestra verdad como nación logremos un verdadero cambio, porque lo que no se ve y no se nombra no existe.

4 comentarios

  1. Hola zaira aqui si lo logre. Me encantan tus reflexiones sobre la paz. Las preguntas hechas alrededor . Colombia es un pais tragico no parece que tuvieramos salida. Los bordados como testimonio, relato y expresion me encantaron. .gracias

  2. Zaira. Cada vez que me encuentro con algo tuyo, tus bordados, tus escritos de experiencias vividas, en mis recuerdos teniéndote como alumna tan aventajada, me siento orgullosa. Siempre dije que tienes tanto de artista, con la sensibilidad a flor de piel, con tus manos e ingenio. Sigue haciendo lo que haces, compartiendo con los otros.
    Toda mi admiración.
    Tu profe.

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