
Aquí estoy yo, sudada, cansada, a punta de tomar una larga ducha entre agua tibia y fría para mis músculos, con la medalla al cuello. Estoy pensando en todo lo que se dió para que pudiera correr esta carrera que ya había rechazado y pensando que estaba en su país de nuevo.
Escribo mucho en mis diarios y a veces de algunas cosas puntuales en ellos prefiero extenderme en mi máquina de escribir. En ocasiones, también me levanto y escribo inmediatamente porque he soñado algo que me parece que puede ser un cuento, tengo sueños recurrentes con historias completas, pero suelo no recordarlos mucho, por ello desde el 2016 tengo un diario de sueños, pero cada vez recuerdo menos y ya no tiene tantos como antes.
Mis escritos en la vieja Olivetti verde se mojaron todos en la inundación de mi taller en el 2022, tal vez no debí haberlos guardado todos en una sola carpeta, sin copia, sin plástico que les envolviera. No están totalmente arruinados pero algunos están tan arrugados que aún luego de estar bajo torres de libros pesados debo hacerles presión con mis manos para alisarlos.
Me gustaria subirlos de tanto en tanto ya que nada tienen que ver con el textil que es más el objetivo de este blog, pero deseo compartirlos porque me prometí mostrar más lo que hago y entre ello, esas otras que soy, a veces, cuando me siento frente a mi máquina y me dejó ir entre tipos y timbres de página. Si, a veces soy otra yo y me sacudo al final del cuento como reconociéndome de nuevo, como si hubiera despertado en la madrugada y debiera reconocer dónde estoy, me sucede seguido cuando escribo, cuando hago bolillo o cuando bordo -ahora es más escaso al bordar- será, supongo, mi estado de flow, y si es ello, pues que maravilla lo que siento volverme en ese momento: ligera, tranquila, minúscula y expandida al mismo tiempo, fluyendo, si, fluyendo.

Olvidé mis escritos luego que los puse a secar y los recogí en otra carpeta ahora sí envueltos en una bolsa para asegurarme que no sucediera de nuevo y que los tendría a mi alcance para volver a escribirlos con sus respectivas correcciones de la Zaira del futuro que relee y se autocorrige. No lo he hecho, no los he vuelto a escribir, solo tengo sanos y salvos unos pocos que he escrito el año pasado, poquisimos, extensiones de diarios de viaje que todavía estoy completando.
Hoy me he decidido a compartir una parte acá y me gustaría saber si quisieran saber cómo sigue, qué sucede, qué pasa, quisiera saber todas sus reacciones abajo en los comentarios, por qué lo que les compartiré es una página de un ínfimo momento, tan solo un pensamiento que está escrito en mi diario como una acción de dos líneas de texto concretas y cortas que he decidido extender, no sé si en una página o tal vez, quizá, en algo más largo de varios capítulos.
Más abajo encontrarás la transcripción del texto con algunas mínimas correcciones, por ahora y mientras las coincidencias me persiguen, acabo de darme cuenta que hace casi dos años estaba corriendo la carrera, un sábado 18 de Mayo en el verano sueco.

Estaba exhausta, no lo había pensado bien al aceptar la invitación para correr la media maratón, no estaba entrenada, no como para correr en verano, con unos tenis que llevaba meses sin usar. Pagaría esa ingenuidad con un dolor en los pies que duraría una semana, al menos, y se manifestaría tiempo después, a veces, de a ratos. A pesar de eso lo había logrado, había corrido casi 22 km en Göteborg, había terminado la Göteborgsvarvet, la tan famosa media maratón de la ciudad sueca. Dejó a sus amigos y tomó el tram hacia Gibraltargatan al apartamento de estudiante en el que vivía su amiga ecuatoriana, donde se estaba quedando. Se miró al espejo, estaba sudada, llena de polvo de la ciudad, con los tenis embarrados en una mezcla entre vaso de papel derretido y agua que ya había secado y ahora sería difícil de remover. En ese momento lo recordó, lo pensó en París, feliz, junto a su novia en la llamada ciudad del amor. Pensó que no habría motivo alguno para escribirle pero en ese mismo momento también recordó esa conversación en Londres sobre esta carrera, recordó esa mágica noche y pensó que tal vez no era tan significativo enviar esa foto, al final era una simple foto de una carrera más en la vida de alguien. Tomó una ducha, masajeó sus pies, se vistió y decidió enviar la foto, así, sin texto, sin comentario o aviso alguno, ni siquiera saludó, solo la foto de ella en la meta de la carrera, sudada, roja y cansada, con la medalla al cuello.
No esperaba alguna respuesta, hace meses que no hablaban, había entendido de manera tácita que él estaba en su relación y no había razón para mantener comunicación con una extraña, además otra mujer. Tal vez había enviado la foto solo para jactarse de tal proeza aunque en el fondo si esperaba una respuesta, esa noche durmió sabiendo que simplemente podría quedar como un mensaje enviado sin atención o respuesta por parte del destinatario. Al otro día la esperaba un tren a Oslo, todo el viaje estaba pagado, agendado, planeado con meses de anterioridad, aunque sus pies dolieran habría que tomar ese tren. Durmió pronto, el cansancio la venció y no escuchó llegar a Andrea.

Bien Zaira. Releer los recuerdos es otra forma de reevolucionar.
Lo leí 2 veces sabes …la primera mi cabeza susurraba …. incómodo….por qué? suspiro!
En la segunda me preguntó por qué nos damos tan duro….. Por que nos cuesta disfrutar de lo sencillo de lo que realmente nos gusta…. cuando tenemos esos maratones nos sentimos libres….y cuánto delo que pensamos durante el recorrido logramos cambiamos porque que en diario vivir no nos sentimos igual que cuando cruzamos la meta …si todos los días estamos en un maratón.
Me encanta tu estilo. Me lo disfruté porque tú narración es impecable; tan impecable que corrí contigo.
Es tan cierto… ay de la maratón de la vida