Boyacá, el luto y el textil

De su inconfundible figura, las heridas emocionales y el textil que va tejiendo la vida.

Septiembre fue un mes ocupado y algo pesado. Me había dado cuenta meses antes que el 10 de septiembre se conmemora la prevención del suicidio y había planeado escribir sobre ello, pero mientras que intentaba volver al blog viajé en el tiempo constantemente entre recuerdos y pesares, construyendo algo que en otra publicación espero explicar por qué se relaciona con esta, con él, con la ruana y el sombrero que conformaban su inconfundible figura. Probablemente esta sea, por ahora, la publicación más íntima, honesta y retadora que podría escribir.

Su relación con el textil comenzó de manera accidental pero duró toda una vida, criado en Boyacá llegó a trabajar a Bogotá en lo que fuera posible, quería ser locutor o periodista de fútbol, la respuesta a aceptar inalcanzable ser deportista, pero adivinando como se llegaba a ser ello se le presentó trabajar en una fábrica textil y la vida le fue tejiendo entre máquinas industriales en una de las empresas más emblemáticas del textil: Protela.

Mi padre con un saco tejido por mi mamá

Estudió, trató de disfrutar la ciudad, vivió en varias casas con varias personas, conoció a su futura esposa y con los hijos llegan las obligaciones, esa figura aprehendida de proveedor no se hizo esperar, no hay espacio para los sueños, el fútbol que sea algo de fin de semana y partidos en la televisión porque a proveer se dijo y la industria textil colombiana esta imperante y boyante.

Arduo trabajo, unos años de decaimiento en el sector, se va Quintex liquidada junto a otras tantas empresas, hay que buscar trabajo o hacer algo, eso si los niños que no se enteren, en casa no falta nada básico, la angustia, la incertidumbre se disfraza, maromas, cinturones estrechos y finalmente se sale a flote.

La relación de mi padre con el textil fue además de profesional, sentimental y romántica. Cuando se conocieron con mi mamá, ella hacía sacos en el día para estudiar en la noche, durante su relación con mi mamá, ella le hizo varios sacos y mi papá decía que al que se le hacía un saco se quedaba en la familia, no aludía sólo a él mismo; esa relación de mi familia materna con el textil también se anudará a otra publicación que abarca mi tesis de grado y da más contexto a algunas imágenes que acompañan este relato.

Mi papá era extremadamente bueno con sus amigos, orgullosamente boyacense hasta la raíz, gracioso a su particular manera, sabia el peso exacto de algo en arrobas y podía nombrar casi cada árbol que veía, los conocía muy bien; nos daba materialmente todo lo que le era posible, nunca tuve cumpleaños sin regalo, hubo servicios particulares pagados por adelantado y algo para estrenar cada diciembre, pero hay una verdad con la que yo vivo aún: toda la vida mi papá me dijo a mi, su única hija, que yo era una mierda, así, con esa palabra, tan pesada, tan hiriente, tan denigrante, tan mala. Lo decía en “broma” según él, cuando íbamos de viaje me decía: tírate a la piscina tranquila que la mierda flota, pero nunca me reí, si yo tenia un comportamiento astuto me decia: eres una mierdita, pero si no cumplía las expectativas de su crianza condicionada era simple y llanamente una mierda.

Mis padres conmigo, ambos vestidos por sacos tejidos por mi mamá.

Escribir ese párrafo me llevó todo Septiembre y sacar esto de mí, ser capaz de afrontar que mi papá me llamó de esta manera durante treinta años no ha sido fácil. Lo escuché siempre desde que recuerdo, no tuve quien me defendiera siendo niña, quien lo corrigiera o me explicara que los papás no deben tratar así a sus hijas y el término se institucionalizó en la familia, yo era una mierda siempre y para todo, lo interioricé, lo hice mío, me lo creí y naturalicé de manera tan inconsciente que nunca lo sospeché, no desarrollé voz propia que pusiera un alto, era mi verdad, yo era para mi y para mi familia: Zaira, la mierda o mierdita.

Mi papá murió en el 2020, luego de vivir diez años en una enfermedad que le obligaba a tener tres veces a la semana un proceso de diálisis que lógicamente odiaba. Impajaritablemente doce veces al mes tenía que aguantarse una sede de IPS llena, caótica, carente y precaria para permanecer durante cuatro horas conectado a una máquina que reemplazaba sus riñones. Estuve ahí aún cuando no quería, fui una hija que se auto-saboteó cada oportunidad porque sentía la culpa y manipulación emocional de permanecer a su lado para recoger medicamentos, llevarlo a la diálisis, recogerlo y ser su pera de boxeo, su descarga de hastío de ese proceso invasivo, repetitivo, doloroso, si algún día no estaba, era de nuevo una mierda.

Mi papá y mi hermano ambos con sacos tejidos por mi mamá

Siento que mis veinte años se fueron entre depresión, frustración, culpa, todo en un ciclo que hubiera querido tener la fuerza de romper, ¿por qué me quedé a cuidar a alguien que me trataba mal? ¿por qué asumí labores de cuidadora? ¿por qué accedí a una manipulación emocional que me hacía acostumbrarme y sobre todo resignarme a la situación de manera inconsciente cada vez que me incomodaba?, ¿cómo no vi que era imprescindible y decisivo irme, aún sin recursos claros, con incertidumbre, miedo y esa maldita culpa judeo-cristiana que te carga esta sociedad? 

Tal vez escribir esto acá, sacarlo de mi, a la luz, a algún espacio, me ayude a dejarlo ir, me brinde algo de libertad y me desprenda de esa creencia tan limitante y pesada que aún cargo, que aún escucho, que aún me creo de tanto en tanto, en cada paso en falso, en cada caída. Procuro que escribir esto me dé paz con un pasado que no quise, del que me arrepiento porque me hubiera gustado poder hacer mi vida sin culpa, sin remordimiento, me hubiera gustado que mi papá fuera a terapia, que no se descargara conmigo, quien estaba ahí presta a hacer lo que sentia que tenia que hacer, pero no fue así, perdí amistades, fui manipulada emocionalmente por mi madre y me sentía sola, ahora no sé como seguir ni en esta vida, ni en este escrito porque tampoco quiero que la imagen de mi papá permanezca manchada.

Trato, en cambio, de agradecer, todos los días y aún con ello, lo que fue su presencia en mi vida, me hubiera gustado haber sabido más de él, de su difícil infancia y de la que muy poco hablaba, con quien vivió en Paipa donde estudió, qué aprendió, cómo llegó a Protela y luego Quintex, cómo se preparaba para  las entrevistas de trabajo, qué miedos tenía cuando llegó a Bogotá, cómo planeó su vida o cómo se le fue dando, qué sintió con cada nacimiento de sus hijos, que le gustaba de mi mamá. Ya nunca sabré eso, en cambio, me queda la imágen y el recuerdo de un hombre que luchó y consiguió romper y saltar su clase varias generaciones, salió de la pobreza y junto a mi mamá nos adelantaron mucho camino, a mi y a mi hermano, un hombre con don de gente, disciplina y una conciencia de trabajado obstinado, un niño herido en cuerpo de hombre que creía que el psicólogo era para los locos y de quien me repito constantemente: hizo lo que creyó era importante, con lo que tenía, actuando desde la herida sin saberlo, nada diferente a los papás de esa generación.

Mi padre al centro con un saco tejido por mi madre, al igual que los sacos que visten las dos mujeres a su derecha, mis tias.

Me hubiera gustado que la relación no se desgastara y arruinara tanto, producto de la enfermedad, de la mala situación emocional, del hastío y la frustración de ambos; eramos a la final dos personas tristes odiando su realidad, viviendo juntos y haciendonos mal, yo tampoco era mi mejor versión en esos años, comparandome constantemente y sintiéndome sembrada en un hueco profundo, oscuro, húmedo, lejano y sordo, siendo juzgada desde lo alto por familiares y conocidos, fue una época solitaria y triste en la que me odiaba casi diariamente y no tenía a nadie para hablar, sobre todo porque no fue hasta su muerte que fui consciente de todo ello, por eso comencé a correr, lloraba y corría para no hacerlo en casa, para sentir que recuperaba algo de mi vida, para sudar y cansarme y recuperar algo de mi misma en ello.

Hacia el final de su enfermedad mi papá vestía por sobre todo su ruana y un sombrero, para todo, siempre, sin falta. Entre la paja de iraca y la lana de oveja llevaba consigo el dolor de un procedimiento invasivo, de un cuerpo desgastado, lleno de toxinas que él mismo produce, un cuerpo cansado, rindiéndose poco a poco, llevaba consigo sus pensamientos suicidas que en ocasiones eran expresados entre frases de ira y rabia. Se convirtió en la indiscutible representación del hombre campesino y maduro en la ciudad gracias a la figura de la ruana alabeada y el sombrero insignia. Me queda su identidad textil, su camino que tejió él mismo y me hizo alfombra roja en la vida, su fanatismo por Santafecito, su gusto por la historia, por la radio, las mañanas escuchando ambos a Diana Uribe o entre semana viendo las carreras de ciclismo, los pocos momentos de paz y tranquilidad, sus últimos meses de delirio en los que fue de nuevo niño en el campo atando el burro y cuidando de sus hermanos, me queda aún esta vida con su ausencia para descubrir que más me queda.

Gracias por llegar hasta aquí queridx lectorx

2 comentarios

  1. Muy buen ejercicio para tu sanación mental y emocional. Nunca es tarde. Perdona a tus padres por su sistema de crianza, pero, sobre todas las cosas , perdonate a ti misma por ese resentimiento que albergado en tu corazón que te enferma y no te deja vivir en paz.

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