Nino Bravo, el punto de cruz y los micro mundos

De la grabadora amarilla, el casete de Nino Bravo, las revistas de punto de cruz y el bordado enseñado por mi mamá en el colegio.

Todavía recuerdo su color amarillo, la tuve hasta hace unos meses cuando por fin decidí regalarla. Era grande y pesada, recuerdo que me la compraron en el San Andresito del norte y era lo último en su época, tenia porta casete y el botón para sintonizar las estaciones de radio, casi siempre estaba ella en el 99.1 de Radiónica. Me acompañó en muchas tardes en el taller donde le agradecía no tener que conectarme a wifi para escuchar música, pero principalmente será recordada por ser nuestra compañía durante la infancia en la casa de Zipaquirá, mientras entre revistas, hilos, agujas y telas, elegíamos que patrón de punto de cruz bordar.

porque comenzamos a bordar punto de cruz

entrevista
entrevista a mi prima para tesis de grado

Mi prima y yo compartimos tardes enteras bordando y escuchando el casete de Nino Bravo de mi papá durante unas vacaciones; bordábamos, cantábamos, hablábamos, comíamos, salíamos a montar bicicleta, jugábamos en la cuadra de al frente con los otros niños y bordábamos de nuevo.

A Nino Bravo lo escuché tanto que todavía ahora puedo cantar cualquier canción de él casi acappella, pero es mejor no hacerlo porque lloro inmediatamente, me invade un sentimiento de nostalgia demasiado profundo que me rebasa, me recuerda a mi papá y lo mucho que le gustaba, especialmente la canción Un beso y una flor es para mi un detonante difícil de contener.

Me había interesado en el punto de cruz meses antes, cuando para la clase de costura -en colegio de monjas había clase de costura en la primaria- mi mamá me enseñó punto de cruz. Cuando mi prima pasaría las vacaciones en casa yo le ofrecí bordar. Ahora que lo pienso, no sé exactamente si fue una infancia aburrida, o era yo la aburrida desde pequeña, no sé si hubiera podido ser mejor ese tiempo con ella pero es, aún hoy, un recuerdo relevante de mi infancia, una parte demasiado importante. De cómo llegó el punto de cruz a mi vida escribí en mi tesis de grado:

… también me enseño el punto de cruz porque yo se lo pedí en unas vacaciones: por entonces en el colegio me habían obligado a hacer un tapete que poco nos gustó y que poco disfrutamos hacer las dos, entonces me presentó el punto de cruz, me interesé y le pedí que me lo enseñara, me abrió una revista, me señaló un motivo, hizo algunos puntos y me permitió seguir, me revisaba, me corregía, aprendí y nunca paré, me delegó una labor disciplinante y a la vez poderosa por medio de su afecto.

pajarobordado

Durante esas vacaciones mi prima bordó un motivo de casa en forma de hongo como en un jardín de esos que guardan porcelanas curiosas y parecen recrear un micro mundo; paralelo al mundo que también crearíamos nosotras encerradas en mi alcoba, pegadas a la tela, haciendo nudos y cambiando hilos mientras planeábamos el siguiente día. Por mi lado yo nunca terminé un pollo que llevaba huevos de pascua en un coche, pero no paré, seguí bordando, todavía tengo algunas labores de esa época que no creo jamás terminar, hice tanto punto de cruz que luego en mi vida sentiría hartazgo de él, aunque igual seguí encontrando la manera de mantenerme anclada al textil y los hilos.

Ese micro mundo, manifestado ahí en esa habitación de cortinas rosa y juego de alcoba de niña me dio un saber, una labor que me permitía pensar y pensarme cada vez que tomaba la tela y contaba cuadrados del patrón, formó un vinculo entre nosotras, un hilo atado entre manos que no se romperá, trenzado a fuerza de la cotidianidad y la celebración mutua de avanzar en el bordado.

Hoy he decidido, reconciliada ya con el punto de cruz, volver a algunos de los patrones que mi madre tenia coleccionados en múltiples revistas y agruparlos en categorías que pueden ser de su interés, patrones que acompañaron parte de mi infancia y a los cuales consulté más de una vez como si de una biblioteca se tratara, comenzando uno que otro en la tela.


A veces pienso que esas labores nos acompañan, es un pasatiempo que nos dignifica, nos disciplina, nos da un propósito, tal vez pequeño, mínimo, aburrido a los ojos de muchos pero me pregunto: ¿qué seria de mi sin acompañarme de tanto en tanto haciendo, sin drenar en hebras de hilos mis miedos, mis fracasos, sin darme ese momento de paz, sin culpa, donde puedo equivocarme y desbaratar sin ser juzgada? es mi mundo, tiene mi soberanía, mis leyes, me reivindico terminando una labor y me celebro cada pequeño triunfo.

A ese micro mundo, sola en la inmensidad del espacio que hay entre mi tela y mi pensamiento, o acompañada entre el chisme que va y viene es que este espacio intenta rendir tributo de a poco.


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